¡Cuidado! cuando el indicador sustituye al criterio

Reflexión sobre el papel de las métricas y el juicio humano en la gestión empresarial.

En muchas organizaciones existe una convicción profundamente arraigada:
si algo puede medirse, puede gestionarse mejor.

Por eso, con el tiempo, las empresas empiezan a medir cada vez más cosas.

Tiempo de respuesta.
Tiempo de atención.
Número de llamadas.
Número de visitas.
Número de entregas.

Los tableros se llenan de indicadores.
Los reportes se vuelven más detallados.
Las reuniones comienzan a girar alrededor de métricas.

Y, en apariencia, todo empieza a verse más ordenado.

Sin embargo, a veces ocurre algo curioso.

Poco a poco, las decisiones dejan de apoyarse en el criterio de las personas
y empiezan a depender casi exclusivamente de lo que muestran los indicadores.

El número se convierte primero en referencia.
Después en guía.
Y finalmente en regla.

En ese momento empieza a producirse un desplazamiento silencioso:

el indicador deja de ser una herramienta
y empieza a convertirse en sustituto del juicio.

En la práctica, este fenómeno aparece en situaciones bastante cotidianas.

Un cliente intenta resolver un problema evidente,
pero la respuesta que recibe es casi siempre la misma:

“El sistema no me permite hacer ese cambio.”
“Tiene que volver a iniciar el proceso.”
“Así está configurado.”

Nadie está diciendo que la solución no sea razonable.

Simplemente el sistema no contempla esa posibilidad.

Y cuando el sistema no lo contempla, el indicador tampoco.

Con el tiempo, este tipo de dinámicas empieza a modificar la forma en que las organizaciones operan.

Las personas aprenden rápidamente qué es lo que se mide.

Y cuando algo se mide de forma insistente, inevitablemente empieza a influir en el comportamiento.

Un centro de atención puede medir el tiempo de llamada.
Un área comercial puede medir el número de visitas.
Un departamento de operaciones puede medir el tiempo de proceso.

Cada indicador nace con una intención legítima.

Pero cuando el indicador se convierte en el objetivo, ocurre algo curioso.

Las personas empiezan a optimizar el número,
no necesariamente el resultado.

Hace décadas, el economista Charles Goodhart formuló una observación que con el tiempo se volvería muy citada en gestión:

Cuando una medida se convierte en un objetivo, deja de ser una buena medida.

La frase es simple, pero describe un fenómeno bastante común.

Los indicadores fueron creados para ayudar a entender la realidad.

Pero cuando empiezan a sustituir el criterio humano, la realidad termina adaptándose al indicador.

En ese punto la organización empieza a experimentar algo difícil de detectar al principio.

Los reportes se ven bien.
Las métricas parecen correctas.
Los tableros muestran resultados.

Y sin embargo, algo empieza a sentirse extraño en la operación cotidiana.

Los problemas no se resuelven con la misma agilidad.
Las excepciones se vuelven difíciles de atender.
Los clientes empiezan a escuchar con demasiada frecuencia la misma frase:

“El sistema no lo permite.”

Los indicadores son herramientas valiosas.

Permiten observar patrones, detectar desviaciones y entender mejor el funcionamiento del sistema.

Pero siguen siendo solo eso: representaciones simplificadas de la realidad.

Cuando el indicador sustituye al criterio, la organización empieza a comportarse como si el número fuera más importante que la situación que intenta describir.

Y entonces aparece una paradoja interesante.

Cuanto más se mide, menos espacio queda para pensar.

A veces, cuando una empresa empieza a experimentar este tipo de rigidez, el problema no está en los indicadores.

Está en la relación que la organización ha construido con ellos.

Porque medir ayuda a entender.

Pero entender sigue requiriendo algo que ningún tablero puede reemplazar:

criterio.

Rubén Siller
Consejero en transformación empresarial
Monterrey, México

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